El domingo 3 de diciembre tuvo lugar en la parroquia de Santa Bárbara de Soria una celebración eucarística en la que el Obispo, Mons. Abilio Martínez Varea, instituyó como acólitos a los dos seminaristas mayores que están ultimando su preparación para ser sacerdotes al servicio de la Diócesis. Estos jóvenes, José Antonio García Izquierdo y José Mª Cordero de Sousa, recibieron el Acolitado como un momento importante en su camino al sacerdocio. La tarea eclesial que asumen desde ahora consiste en ayudar al diácono y al sacerdote en el altar. De modo extraordinario, distribuyen la comunión y exponen el Santísimo para la oración, además de instruir a todos los fieles sobre la Eucaristía. En la celebración estuvieron acompañados por familiares y amigos, además de por los seminaristas de la Diócesis y los de Burgos y Logroño.

Homilía del Sr. Obispo

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo, en primer lugar, a los hermanos sacerdotes, especialmente al Vicario General y Rector de nuestro Seminario, y al P. Espiritual y Ecónomo; a la parroquia de Santa Bárbara en la que colabora Jose; a los venidos de la parroquia de Ólvega y a todos los que colaboráis de alguna manera en la formación de nuestros seminaristas; hoy, particularmente, a Jose y José María, y a todo el Pueblo de Dios aquí reunido.

Estamos comenzando este tiempo del Adviento que, ante todo, es confianza, esperanza. La vida cristiana se organiza alrededor de una gran esperanza que es alcanzar la vida eterna en Jesucristo. Cuando pensamos en las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) muchas veces pensamos en pequeño, tenemos una idea muy pobre de las virtudes como si fueran cualidades que adornan nuestra vida cristiana. La esperanza no es un añadido sino el motor de la vida cristiana. Vivir es esperar y esperar es vivir.

Constatamos que nuestro mundo es un mundo de desesperanzas. Por más que tenemos, por más que creemos que nos liberamos de determinados yugos impuestos por la fe, por más que la ciencia avanza, la felicidad plena no llega nunca. Vosotros, Jose y Chema, tenéis una gran esperanza que colma vuestra vida de gozo: ser ordenados sacerdotes, configurados con Jesucristo Pastor al servicio de la Iglesia y de los hombres. El termómetro de la vocación sacerdotal es la alegría de vivir el Evangelio y anunciarlo con humildad sabiéndonos pecadores. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1) nos recuerda el Papa Francisco.

Y hoy dais un gran paso. Al lectorado y al acolitado los llamamos ministerios laicales, para laicos. Pero en vuestro caso, la Iglesia entiende que la institución de este ministerio del acolitado contribuye decisivamente a vuestra preparación para el ejercicio de vuestro sacerdocio. Así lo establecía el beato Pablo VI en la Carta Apostólica sobre estos ministerios: “Los candidatos al diaconado y al sacerdocio deben recibir, si no los recibieron ya, los ministerios de lector y de acólito, y ejercerlos por un tiempo conveniente para prepararse mejor a los futuros servicios de la Palabra y del altar” (Ministeria quaedam, norma XI).

Vuestro camino al sacerdocio se va realizando a partir de una creciente maduración de esa vocación que un día brotó en vuestro bautismo. Y esa vocación de santidad que, cada vez veis con más claridad y gozo, va a encontrar en este ministerio que hoy la Iglesia os confía un verdadero impulso.

La esperanza y vuestra vocación al ministerio ordenado tienen un precio. Las cosas deseadas no vienen por sí solas. Nos estamos acostumbrando a tener de todo sin el más mínimo esfuerzo, a que nos lo den todo hecho. Pero el que algo quiere, algo le cuesta. El Evangelio que hemos proclamado incluye tres imperativos: “Mirad”, “vigilad”, “velad”. No es una invitación a poneros a la defensiva contra todo y contra todos, y menos aún a tener miedo a Dios. El Adviento, si algo nos trae y tiene, es una buena dosis de esperanza: el Señor está a la vuelta de la esquina. Está a nuestro lado. Comparte nuestras penas y nuestros sufrimientos. Se hace hombre como nosotros.

El acólito tiene como misión el ministerio del altar, es el servidor del altar: ayudar a los sacerdotes y diáconos en su ministerio, y distribuir como ministros extraordinarios la Sagrada Comunión, llevándola a los enfermos cuando sea necesario. Para realizar este ministerio con verdad, la Iglesia os invita a vivir con especial devoción y amor el misterio de la Eucaristía. La Eucaristía es fuente y culmen de la vida cristiana, lo sabemos bien. Sin Eucaristía no puede haber Iglesia y sin la Eucaristía ningún cristiano puede mantenerse en la fe.

El Papa Francisco ha iniciado recientemente unas catequesis sobre la Eucaristía en las que nos recuerda que los mártires de Abitinia, cristianos del Norte de África, fueron asesinados por celebrar la Eucaristía. Han dejado el testimonio que se puede renunciar a la vida terrena por la Eucaristía porque ella nos da la Vida eterna, haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte. Un testimonio que nos interpela a todos y pide una respuesta sobre qué significa para cada uno de nosotros participar en el Sacrificio de la Misa y acercarnos al Banquete del Señor. Jose y Chema: sed apóstoles de la Eucaristía con vuestras vidas, con los jóvenes, en las parroquias a las que servís, en vuestras comunidades. Que, cuando ayudéis en el altar, vuestra misma presencia y el modo de comportaros ayude a todos a encontrarse con el Señor.

Pido para vosotros la bendición de la Virgen María, Mujer Eucarística. Que Ella os consuele en la dificultad y que con solicitud maternal vaya configurando vuestros corazones con el de su Hijo Jesucristo, Buen Pastor, hasta el día en que con vuestras vidas os unáis de manera más intensa a Dios dando el paso hacia la Ordenación sacerdotal. Que María os guíe y os sirva de ejemplo. Que, como Ella, sepáis decir “sí” a Dios, un “sí” sin reservas, un “sí” no exento de temor pero sostenido en la confianza de que Dios siempre nos acompaña.

Pido también que todos los cristianos sepamos ver en María el modelo de mujer creyente. Que su ejemplo, a lo largo de este Adviento que ahora comenzamos, nos sostenga y nos ayude en este tiempo de espera, de conversión y de esperanza, de manera que nos lleve a celebrar con ilusión y con fe que realmente Dios está con nosotros y podamos gritar con esperanza: “¡Marana tha!”, “¡Ven, Señor Jesús!”.

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